lunes, 23 de noviembre de 2009

El Universo Mecánico #46: La máquina de la naturaleza.


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lunes, 16 de noviembre de 2009

El Universo Mecánico #45: Temperatura y la ley de los gases.


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lunes, 9 de noviembre de 2009

El Universo Mecánico #44: Energía, cantidad de momento y masa.


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jueves, 5 de noviembre de 2009

Libros #17: España y los enigmas nazis.

Debido a mi afición a la historia de España en general y más concretamente al período histórico que transcurre desde la proclamación de la II República Española hasta el final de la dictadura de Franco, me decidí a comprar y leer el libro que da origen a este post.

Iván Ramilla, licenciado en periodismo, derecho y criminología, nos presenta bajo el título de "España y los enigmas nazis", su primera obra de título más suculento que la propia obra en sí. Cualquiera que lea el subtítulo del libro, "La historia secreta jamás contada", pensará que se va a encontrar en las páginas del ensayo alguna información que no estaría a disposición del gran público, o que hubiese sido resultado de años de dura y concienzuda investigación y nada más lejos de la realidad. Tengo que decir, que de historia secreta jamás contada, nada de nada, prácticamente el contenido al completo del libro no es ningún secreto y está investigado, más que sabido por todo aquél que sienta el más mínimo interés por el asunto y publicado en cientos de obras que trata temas relacionados con el tema en cuestión.

Lo anterior no quita que el libro tenga cierto interés, sobre todo en algunos asuntos en concreto como qué fue del oro de España durante la Guerra Civil, el devenir del oro nazi durante la Segunda Guerra Mundial, o qué fue de aquéllos dirigentes Nacional-Socialistas que lograron huir de la Alemania tomada por rusos y norteamericanos, en lo que era una derrota clara de las tropas alemanas. Pero insisto, no encontraremos en la obra nada que ya no esté estudiado y publicado, aunque la información no esté en forma de best-sellers en todas las estanterías de cualquier centro comercial o librería de moda.

Comenzando con una pequeña biografía de Hitler y Franco, bastante escueta y cargada de tópicos como era de esperar de un libro "comercial", continúa con el tan manido asunto del esoterismo nazi y la repercusión que este tuvo tanto en el devenir de la contienda, como en la personalidad de Hitler. Tras esto nos encontramos con páginas y páginas dedicadas a la industria militar alemana y la tenacidad que estos pusieron para estar en la vanguardia del armamento a nivel mundial, como es más que sabido. Y tras esto, comienza la parte más interesante del libro desde mi punto de vista, que son los temas relacionados con las obras de arte y el oro nazi, así como qué fue de aquéllos que como he dicho antes, lograron salir a tiempo del infierno en que se convirtió Berlín en los últimos días de la guerra, refugiándose en países como España, Perú, Argentina o Chile y los objetivos de estos.

En definitiva, que nos encontramos ante un ensayo bien estructurado, de atractivo contenido y que nos resultará bastante instructivo, pero que de novedad, nada de nada, es un compendio de datos históricos que no costará encontrar en libros de la misma temática, sean estos comerciales o no, así que he de decir que esperaba bastante más del libro de lo que me he encontrado.


lunes, 2 de noviembre de 2009

El Universo Mecánico #43: Velocidad y tiempo.


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jueves, 29 de octubre de 2009

Ramiro Ledesma Ramos, ¡PRESENTE!

Hoy, 29 de octubre de 2009, cuando se cumplen setenta y tres años del asesinato de Ramiro Ledesma Ramos, quiero rendirle un pequeño homenaje a ese gran filósofo, matemático, escritor, político y activista revolucionario en sabalete.es, haciéndome eco de un vídeo y un artículo publicado en la web del Nudo Patriota Español. Sin más entretenimiento, paso a enlazar el vídeo y transcribir el artículo.

Ramiro Ledesma Ramos: En Memoria.




La muerte de Ramiro Ledesma
Nudo Patriota Español | 29 de Octubre de 2009

La ciudad retumbaba con cada tiroteo que se cruzaba en el cuartel de la Montaña quebrando el silencio de la noche, como avisando de la magnitud de la tragedia que se estaba representando. Los milicianos, estrenando fusiles, intentaban que la moral de los rebeldes a la República decayera con las balas, a las que se sumaron pronto los obuses y un altavoz estridente que instaba a la rendición. Pero no sería tan fácil. Harían falta unos días de enconado enfrentamiento para que esta se hiciera definitiva, una vez que el patio del cuartel estuviera plagado de muertos.

En Madrid se veía lo que sucedía en España entera. En unas ciudades eran unos los vencedores temporales, en otras lo eran los contrarios, pero en todas se vivió la tensión de unos días en los que España lloró sangre, batiéndose en duelo inevitable en su interior. Era 19 de julio de 1936, y el fratricidio ya no tenía vuelta atrás.

El eco de los tiros llegaba al número tres de Santa Juliana, como si del redoble de tambores en el fragor de una batalla se tratase, entonando una melodía macabra que a todos estremecía. Al son de estos bélicos acordes, a las dos de la madrugada, paseaba Ramiro Ledesma preocupado por el salón. Parecía cargar sobre sus anchos hombros toda la lucha de los últimos años, desde que fundara las La Conquista del Estado hasta que organizara las JONS, de La Patria Libre a la fusión con Falange Española, de Nuestra Revolución a la reorganización de sus células jonsistas.

Su rigurosa formación matemática, su exhaustivo estudio de la filosofía y sus firmes convicciones políticas eran la base para la reflexión continua con tono sombrío y apasionado, que le daba cierto aire de hosquedad. Y aquel momento requería toda su atención. Se estaban viviendo momentos críticos para la historia de España y él, unido a ella como un hijo fiel a su madre, los sufría -y los sufriría aun con más intensidad- con ella. Junto a él, en la habitación, estaba también Navarro Ruiz, sentado en un sillón ancho, intentando convencerle de que se alejara de Madrid.

- ¿Por qué no te refugias en una embajada? Ya te lo hemos dicho, te buscan y no durarás mucho así…
- Yo no tengo nada que hacer en una embajada.

…Y todo seguía igual. Indefectiblemente lacónico, disfrazaba un profundo sentimiento con parquedad provocada. Llegaba a incomodarle que le insistieran con huir y esconderse. Podía acceder a algunas cosas, pero no iba a esconderse, no iba a sucumbir. Pensaba organizar la acción tal y como había previsto días atrás en el despacho de la calle Príncipe, cuando, preparando el segundo número de Nuestra Revolución, su última iniciativa, le comunicaron la muerte -el asesinato- de Calvo Sotelo. Entonces, haciendo gala de ese espíritu crítico que le permitía ver más allá de los simples hechos, tras quedarse unos instantes inmóvil y silencioso, le dijo a Guillén:

- Puedes dejar de escribir, el número dos no se publicará. Hay que dejar la pluma y tomar las armas, cambiar la teoría por la acción.

Y así fue. El día once había salido el primer número de lo que pretendía ser el banderín de enganche para anarcosindicalistas. Si para sacar a la calle el periódico La Patria Libre tuvo que vender su Royal Enfield, aquella mimada motocicleta en la que recorría España con temeridad, por este periódico iba a dar su vida. Por sacarlo adelante, quedándose en Madrid, redujo las posibilidades de salir con vida de aquellos días en los que crujían los resortes de la historia patria mientras sus hijos se lanzaban a una guerra de envidias, rencores y odios. Podría estar en Galicia si hubiera aceptado la invitación que Souto Villas le hizo para veranear allí. Pero él, entregado a la lucha y sacrificando su tiempo por una causa, decidió no ir con tal de sacar su periódico.

- Solo digo que deberías buscar un escondite.

En la habitación, la férrea mirada de Ramiro se alzó un instante y se paró en sus ojos. Sabía que tenía razón: el día anterior habían ido a buscarle a la pensión del Hotel Gredos, pero él estaba durmiendo, usando por almohada una pistola, en la portería que le había dejado la madre de un jonsista. Las madres… La madre de Ramiro, desde el cuarto de al lado, escuchaba con la atención que solo puede poner quien ha engendrado. Con ojos llorosos, se pregunta por qué pasará con su hijo y se adentra oraciones que la muevan a la esperanza.

Ahora que sabían que estaba en la pensión, la prioridad era encontrar un sitio para vivir y, el día siguiente, se trasladó de forma provisional a casa de su hermano José Manuel, en la calle Ponzano. La familia de su hermano estaba en Cercedilla de vacaciones e intentaba volver a Madrid cuanto antes. Como precaución, accedió a pelarse al rape, eliminando ese característico mechón de pelo, y a recuperar unas gafas que desaparecieron tiempo atrás en pro de un aspecto más marcial. Además, llevaría la documentación de su camarada y amigo Compte, administrador de las viejas revistas jonsistas.

Ramiro sufría, pero sufría con la dignidad de un caballero que sabe aceptar la afrenta y se dispone al combate, con la frialdad de un matemático que estudia las posibilidades y los datos, con el romanticismo de un filósofo que siente los problemas en él y quiere comprenderlo todo. Era su segundo día en “situación de licencia ilimitada” como funcionario de Correos, según decía en el oficio recibido a principios de mes: le habían expulsado. Ahora tendría tiempo para escribir, publicar… y luchar. Por fin el tiempo era suyo y no tendría que darse a la espera, la eterna espera en la que tuvo que estar inmerso durante años. Espera por escasez de medios; espera por escasez de fuerza humana; espera por escasez de circunstancias propicias. A pesar de publicar incesantemente, la acción no alcanzaba la magnitud que debería para poner en marcha su gran obra revolucionaria.

Así que en Ponzano, solo con su hermano José Manuel, eterno compañero, cerraba por la noche las contraventanas o se bajaba a la portería a escribir. Y los días pasaban. Él solía ir por la tarde a la cafetería Fuyma, en la Gran Vía, que era un oasis en medio de la tensión callejera. No le gustaba quedarse encerrado en casa. Después, paseaba por las calles llenas de milicianos e incluso se atrevió algún día a volver por Santa Juliana, enclavada en pleno territorio rojo, para abrazar a su madre. Con su ropa holgada, sus jerseys pajizos y su boina, sabiendo que le buscaban, sorteaba el peligro con indiferencia para llegar a ella. En casa nunca había hablado mucho, pero la pasión la llevaba, como en todo, por dentro. Y la saca a relucir con detalles como este.

Esquivar a las patrullas rojas iba a ser posible lo que restaba de julio, hasta que le detuvieran el primero de agosto con su hermano José, su camarada y compañero, a quien dictó el manuscrito del Discurso a las Juventudes de España, con quien compartiría noches de intertidumbre, con quien iba al cine, con quien pasaba tardes escuchando a Wagner,… Lo peor no era que lo detuvieran, lo peor era lo que vendría inevitablemente después. Detenciones había tenido ya suficientes como para no temerlas. Se acordaba de los dos meses en la Modelo por un artículo contra “el babélico” Marcelino Domingo, la quincena tras la sublevación del general Sanjurjo, del verano de 1933, cuando las JONS asaltaron la sede de los “Amigos de la URSS”, de noviembre de 1934, cuando incautaron las armas en la sede de FE de las JONS,… Pero era eso o… ya se lo dijo a su hermano:

- Si ganan las izquierdas tengo un noventa y nueve por ciento de posibilidades de que me vuelen la cabeza; si ganan las derechas, tendré que marcharme de España para vivir con dignidad.

El primero de agosto quedó a cenar con su hermano José en la glorieta de la Iglesia. Ramiro, intentando aprovechar hasta el último minuto del día para conocer, para “saber lo más posible”, como le dijo a su tío con veinte años, llevó consigo “Los Estados Unidos de hoy”. Pero no pudo leer mucho. Llegó su hermano y cenaron con la banda sonora habitual, la de las ráfagas de tiros lejanos. Decidieron salir un poco más tarde hacia casa para que no los vieran los porteros del edificio. En aquellos días cualquier precaución era poca.

Volvieron dando un tranquilo paseo. Ya en la calle Ponzano, a pocos metros de su destino, de ese refugio ante la barbarie, de ese edén enquistado en el infierno, un coche pegó un frenazo y de él se bajaron unos chulapos del V Regimiento de Milicias.

- ¡Alto! ¡Alto! ¡Quietos!

Los han pillado. Han sido poco más de diez los días que han pasado cruzándose piquetes y grupos de milicianos y viendo en cada uno de ellos a los que les buscaban, hasta que lo han hecho. Dos semanas creyendo ver a la vuelta de cada esquina a sus matones particulares, a su guardia non grata. Pero no le reconocen. Ellos ven a su hermano y a un pistolero fascista. Tan ciegos estaban que, buscando lo imposible, ven en las iniciales del sombrero de Ramiro, R. L., la prueba irrefutable de que es un guardaespaldas de “ese de Falange”, es decir, de sí mismo. Entrega la documentación falsa, la cartilla militar de Enrique Compte, y se presenta como un amigo de Ledesma que iba a devolverle el sombrero. Entretanto, los dos hermanos intentan entrar en la comisaría que había allí cerca. No lo logran, pero sí que un policía secreto se interese y se empeñe en que sean detenidos de la Dirección General de Seguridad.

Entonces, les llevan al cuartel del regimiento, en un colegio de los Salesianos. Les preguntan por Ramiro una y otra vez, quieren encontrarle pronto. De allí les mandan, después de veinticuatro horas, a la Dirección General de Seguridad, en la calle Víctor Hugo. Este edificio le trae muchos recuerdos a Ramiro, porque no es la primera vez que entra. Le espera una sorpresa en las celdas del sótano: allí está, con otros camaradas, el verdadero Enrique Compte, preso por ir indocumentado, es decir, por sospechoso. En cuanto ve eso, Ramiro no lo duda, tiene que confesar. La vida de su camarada depende de ello y no se arroga el derecho a sacrificarlo para salvarse a sí mismo. Contra lo que le dicen, le ruegan y le suplican su hermano y el propio Compte, se acerca a la puerta de la celda y pide ver al comisario. Cuando consigue arreglar todo, Ramiro se queda tranquilo. Lo único que le inquietaba era la situación de su amigo, así que le salva la vida a costa de la suya.

La celda estaba llena de gente. Camaradas, derechistas, monárquicos, carlistas,… de todo había. Sobre las once de la noche se vuelve a abrir la puerta y entran dos nuevos. Con uno de ellos hablaría mucho Ramiro. Se trataba de Manuel Villares, cuyo hermano Jacinto fue un jonsista de primera hora.

El día siguiente, tres, les trasladan a la cárcel de las Ventas, su última morada antes del destino fatal. Fueron unos meses duros, de comidas insanas y ridículas, de condiciones duras e inhumanas, pero Ramiro nunca se quejó. El ascetismo que corría por sus venas le hacía mortificarse ante las circunstancias adversas y dedicarse a lo verdaderamente importante: comprender. A veces, jugaban a los combates navales en papel cuadriculado, a los que Ramiro siempre ganaba. Con él estaba también Ramiro Maeztu, con quien tendría largas conversaciones, porque a Ramiro muchos le dejaron de lado en la cárcel por ser quién era. Eso tal vez le enfurecía más que cualquier otra adversidad. Había quien tenía miedo de que le relacionasen con él y tener que pagar las consecuencias, pero no Maeztu, Villares y algunos camaradas.

Tenía por aquellos días algunas preocupaciones más definidas y presentes que otras. Sabía que no saldría vivo, pero no paraba de imaginar posibles huidas. A veces hablaba como si aquello fuera transitorio, como si estuviese seguro de que en poco tiempo estarían fuera, pero sabía que todo estaba perdido. También tenía preocupaciones más trascendentales: dedicó días al más allá, para lo que le ayudó Villares, que resultó ser sacerdote. Tal vez aquellas conversaciones salio una conversión. Así terminó el pensador, con problemas de orden intelectual. Todavía le dio tiempo a profetizar algo más:

- Vosotros, si os salváis, vais a quedar muy pocos. Y los que quedéis estaréis a merced de los arribistas y logreros, que acabarán por dominaros, y todo lo que se ha hecho por JONS y FE desaparecerá en la inundación.

Así pasaron las semanas. Para pasar desapercibido, recuperó su pseudónimo. Roberto Lanzas sustituyó a Ramiro Ledesma para intentar salvarle la vida. Todos conocían a Ledesma, el temido fascista asesino; pero nadie a Lanzas. Así, con suerte, los milicianos se olvidarían de él. De poco sirvió, como es lógico, pero hubo que intentarlo. Además, las visitas de su familia eran frecuentes. Su hermana Trinidad le llevaba ropa, libros y dinero. A poca más gente había dejado él fuera. Sus camaradas estaban casi todos presos y pocas personas se arriesgarían por ir a verle. Tampoco tenía novia; “no tengo tiempo”, contestaba alegremente cuando le preguntaban.

Y llegó el veintiocho de octubre. Ramiro lo dijo: “presiento que hoy me van a matar”. ¿Otra predicción? Por la noche, cuando estaban ya acostados en el suelo, llegaron los milicianos con una lista. Treinta y dos nombres para ser trasladados a la prisión de Chinchilla, que era lo que decían para ocultar la verdad.

- ¡Catorce! ¡Ramiro Ledesma!

La poca esperanza que pueda haber se desvanece por completo. Junto a Ledesma, nombran a Ramiro Maeztu. El creador de la Hispanidad va a morir con uno “ansioso de valores hispánicos”. Qué mejor forma. Y sale Ramiro, porque ya de nada servía ser Roberto Lanzas, pero a medio camino se da la vuelta. Quiere coger la chaqueta, y no le dejan. Después, en la fila, tiene oportunidad de hablar con Maeztu por última vez, dándose ánimos para permanecer enteros. Ramiro ve el final y lo agradece. Quiere que todo termine cuanto antes, pero no acepta que le vean así, no quiere morir donde ellos decidan y hacerlo obedeciéndoles. Era ya veintinueve y tocaba la hora de la muerte. Les flanqueaban milicianos armados, camino del camión que les trasladaría. De repente, se lanza hacia uno de los milicianos, intentando arrebatarle el fusil.

- ¡A mí me matáis donde yo quiera, no donde vosotros queráis!

Y cayó. El disparo de otro miliciano terminó con su vida en el último arrebato de rabia, bajo un rayo de tremenda voluntad, y su cuerpo se estrelló contra el suelo. No hubo que rematarlo, de su cráneo manaba sangre y ya nada podía hacer. Todo había terminado. Lo recogieron y lo llevaron, con los otros treinta y uno, al cementerio de Aravaca, donde fueron fusilados contra el muro. Allí yace Ramiro, enterrado bajo la tierra de su Patria, como recuerdo perpetuo del fratricidio de 1936 y homenaje a todos los que murieron injustamente.

Al día siguiente, cuando su hermana Trinidad fue a llevarle cosas, le dijeron que estaba en Chinchilla, como a su hermano, cuando fue con un abogado para intentar defenderle en un proceso sin juicio ni acusación alguna.

Tal vez la mejor definición de la muerte de Ramiro la diera Ortega y Gasset, antiguo maestro, cuando se enteró de ella en París: “no han matado a un hombre, han matado a un entendimiento”.


martes, 27 de octubre de 2009

Hasta los huevos de corrupción.

Asqueado. Así es como estoy en el momento de escribir estas líneas y es el estado anímico de asco el que me lleva a despotricar en esta entrada. Corrupción, corrupción y más corrupción llenan las páginas de los rotativos, los minutos televisivos de los informativos, los confidenciales digitales, las conversaciones de sobremesa entre compañeros de trabajo y así podría seguir enumerando situaciones en las que la jodida palabra está presente.

Hoy ha sido en Santa Coloma de Gramanet, el otro día en El Ejido, más allá en Estepona, el caso Gürtel. Da igual el color político de los alcaldes, concejales, consejeros, diputados, senadores y todo cargo público susceptible de ser corrompido, que tal y como está quedando demostrado, por pequeño que sea el cargo siempre se puede "pillar" y engordar las cuentas corrientes, por supuesto que dadas de alta en paraísos fiscales y que a nadie se les ocurra tocarlas. ¿Hasta cuándo va a durar esto? ¿Cuánto tiempo más vamos a estar dispuestos los Españoles a que este hatajo de ladrones de guante blanco se lucre a costa de nuestros impuestos? Ayer igual que hoy, desde el ayuntamiento más pequeño hasta la más grande de las ciudades juegan, especulan, trapichean, trilean, manipulan, cohacen, trafican influencias, se venden al mejor postor y un sinfín de actividades delictivas de las que los términos jurídicos me quedan y se quedan grandes para el objeto de este artículo.

Estoy hasta los mismísimos cojones de que estos sinvergüenzas, elegidos por el pueblo para que trabajen para el mismo, se lucren a costa de los desgraciados que cada mañana nos tenemos que levantar a las siete de la mañana para ganarnos la vida. Ayer era Filesa, hoy es Gürtel, ayer fue en Marbella, hoy en El Ejido, ayer las torres Kio, hoy el Palau de la Música y nadie se digna a acabar con ello, es más, nos suda la polla, nos da exactamente igual que este o aquél se estén inflando a billetes a costa de nuestra sangre, sudor y lágrimas. Qué asco de clase política, qué asco de justicia que no da una puta lección a esta gentuza, qué asco de democracia, qué asco de país. Corrupción, desde el nacimiento de la civilazación tal y como la conocemos hoy día hasta nuestros días, ha habido en todo tiempo y lugar, pero en este país, el del pelotazo, en el del que inventen otros, en el de los muertos de hambre venidos a políticos profesionales de todo color y forma que cogen el escaño a los 20 años y no lo sueltan hasta la jubilación ¡y qué jubilación, la madre que me parió!, hay más corrupción si cabe, este es el país del Lazarilo de Tormes, del Buscón Don Pablos, personajes en los que en el siglo XVI reflejaron perfectamente cómo se las gastan algunos españoles.

No a la clase política profesional, no a la financión ilegal de los partidos, no a la banca metiendo las narices en política, no a las listas cerradas de partido para concurrir a las elecciones municipales, autonómicas y nacionales, no al bipartidismo imperante al más puro estilo canovista que tenemos como régimen político (me río yo de aquél que crea que esto es una democracia). Váyanse todos a tomar por culo y dejen de jugar y engrosar sus cuentas y patrimonio con nuestro dinero, que bastante tenemos ya con la usura internacional, como para que venga el alcalde de nuestro pueblo a saquearnos un poco más. ¡A LA MIERDA!